Cada 23 de abril Alemania celebra el Día de la Cerveza, una fecha elegida para conmemorar la promulgación en 1516 de la Reinheitsgebot, la famosa Ley de Pureza. Aquel decreto de Guillermo IV de Baviera establecía que la cerveza solo podía elaborarse con agua, malta de cebada y lúpulo. La levadura llegó a la lista mucho después, cuando Pasteur explicó qué ocurría realmente dentro del tanque de fermentación.
Quinientos diez años más tarde, la ley sigue funcionando como sello de identidad. Buena parte de las cervecerías alemanas la mantienen por convicción más que por obligación, y muchas etiquetas siguen presumiendo de ello.
Lo llamativo es dónde está creciendo hoy la cervecería alemana. Según la Asociación Alemana de Cerveceros, la producción de cerveza sin alcohol y de bebidas mezcladas sin alcohol se ha más que duplicado en veinte años: de 329 millones de litros en 2004 a unos 700 millones en 2024. La categoría representa ya el 9% de toda la cerveza que se vende en el canal minorista alemán y ocupa el tercer puesto en popularidad, por detrás de la pilsner, que sigue mandando con holgura, y de las cervezas de trigo.
Alemania es hoy el líder mundial en elaboración de cerveza sin alcohol, con más de 800 marcas en el mercado. Y no se trata de un producto de segunda: estas cervezas se elaboran también conforme a la Ley de Pureza, con los mismos cuatro ingredientes. El catálogo va mucho más allá de la pils clásica y abarca desde weizen y helles hasta IPA y stouts.
Es una combinación curiosa. La normativa alimentaria no religiosa más antigua que se conserva sigue amparando el segmento más moderno del mercado. Quinientos diez años después, resulta que el corsé no apretaba tanto.